
- Trilogía Nunca Digas Nunca nº 3 -
Nunca Habrá Perdón
EN TODAS LAS GUERRAS PIERDEN LA VIDA PERSONAS DE AMBOS LADOS.
Llega la batalla final entre dos familias: un combate a muerte entre víctimas y culpables.
Mario y Pablo comienzan un acercamiento mientras todo se viene abajo, aunque el autosabotaje impide a Mario corresponderle con facilidad.
Después de todo el dolor causado, Beca y Jorge planean escapar de la ciudad antes de que la policía les acorrale.
Alfonso tiene ligeras sospechas de que su madre puede estar mintiéndole, pero está demasiado cegado por el amor que siente por su chica.
Y Nerea se verá obligada a hacer algo terrible…
¿LA JUSTICIA SE HA CREADO PARA DERROTAR AL MAL O PARA PROTEGERLO?
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CAPÍTULO 1 – EL PRINCIPIO DEL DESASTRE
La mano joven fijaba su rumbo en el pomo de aquella puerta verde mientras otra mano agarraba muy despacio el primer cuchillo de cocina que encontraba a su paso. Todo parecía estar grabado a cámara lenta. Se trataba de una especie de juego siniestro, un combate a muerte. Una traición por la espalda.
Fuera de la casa el sol brillaba, a la vez que unas zapatillas de deporte blancas aplastaban pequeñas piedras que crujían como si estuvieran sufriendo. El chico avanzaba a un ritmo más ligero descompensando el de las mujeres.
Nerea había agarrado el pomo de la puerta y se disponía a girar su mano para curiosear lo que había al otro lado. Aún no era consciente de lo que tenía a sus espaldas.
Mayte cogía impulso para clavar aquella arma afilada, sin pensar en las consecuencias. Su instinto de supervivencia llevaba la batuta de la situación. Ya pensaría algo rápido para salir de aquel problema que la atormentaba. Tenía una misión principal muy importante: por nada del mundo nadie podría descubrir a Emilio detrás de esa puerta, encadenado a la cama. Se jugaba su futuro, su vida entera. El mayor secreto que había escondido debía seguir atrapado detrás de la puerta verde. Costase lo que costase.
Las zapatillas de Alfonso dejaron de aplastar las piedras y pisaron cemento manchado de tierra. Las mujeres estaban tan concentradas en sus propios objetivos que ni siquiera lo escucharon entrar en la casa.
La primera en reaccionar fue Mayte, que devolvió el cuchillo con disimulo al lugar del que provenía. Miró a su hijo a los ojos y fue consciente de que no había descubierto sus planes. Nerea, sin embargo, se encontró en un aprieto. Al soltar el pomo y girar sobre sí misma encontró las miradas de su nueva familia política clavadas en ella. Tragó saliva y rebuscó con prisa en el baúl de las excusas. Lo primero que se le ocurrió fue decir que pensaba que esa puerta conducía al baño, pero había pasado ya demasiado tiempo para eso. Se decantó por su siguiente opción:
—¡Perdonad! Me había parecido oír algo extraño ahí dentro…
Incluso a Nerea le parecía la excusa más estúpida que había soltado por su boca. El tiempo pareció congelarse y empezaba a sentirse incómoda con las miradas de madre e hijo. Si estaba en lo cierto, y Mayte también era una asesina hija de puta, se encontraba acorralada, perdida entre las montañas. Su mente trabajaba deprisa y pensaba en una solución rápida. Si tuviera que huir de allí solo tenía dos opciones. La primera era escapar por la entrada, pero Alfonso le cortaba el paso y, aunque le costase mucho aceptarlo, físicamente era una batalla difícil de ganar. La otra opción era entrar por esa enigmática puerta verde y probar suerte. Le vino a la cabeza un antiguo concurso cuyo nombre no recordaría jamás.
Los segundos eran tan densos que parecían haberse convertido en meses. Hasta que Mayte no habló con su sonrisa falsa, el tiempo no recuperó su esencia.
—No te preocupes, cielo. La casa es tan antigua y, por desgracia, la tenemos tan abandonada que debe haber algún ratón correteando por ahí.
—¿Me esperas en el coche, cariño? —propuso Alfonso agarrando de la mano a su chica—. Necesito hablar con mi madre a solas.
Nerea, con el miedo todavía en el cuerpo, salió de aquella casa siniestra. Ahora eran sus zapatillas de deporte las que aplastaban las piedras de la entrada. De camino al coche, luchaba contra sus manos con la intención de detener el temblor que la dominaba.
«¿Estoy a salvo ya o debo aprovechar para huir?», se preguntaba con una intensidad paranoica. Entró al coche y permaneció allí sentada mirando a la casa, casi sin pestañear. Varias nubes grisáceas se reunieron encima del tejado tapando la luz del sol y creando una atmósfera totalmente distinta a su llegada. Nerea no pudo dejar de sentir un escalofrío. Unas nubes como aquellas habían acordonado su vida, aislándola por completo de cualquier tipo de luz. La tristeza la estaba consumiendo poco a poco. Su rostro ya no reflejaba el más mínimo signo de felicidad. Los poros de su cuerpo solo emitían esporas depresivas y con ganas de venganza.
Ni Alfonso ni Mayte salían de allí, lo que provocaba que Nerea no parase de mover sus piernas. Mientras comenzaba a morder una de sus uñas, imaginó cómo aquella vieja casa explotaba por los aires y el fuego espantaba los nubarrones.
«¿De qué estarán hablando?», se preguntaba.
Mayte tampoco había conseguido dejar de temblar, pero lo disimulaba mejor. Tener a Alfonso tan cerca de la verdad le hacía perder el control. Y, eso, era algo que ella siempre había dominado. No podía hacer ningún movimiento en falso. Ni siquiera podía coger el candado que todavía permanecía tirado en el suelo y cerrar la dichosa puerta del dormitorio. Solo le quedaba esperar a que su hijo no le apeteciera hacerse el valiente y querer atrapar al supuesto ratón. Lo que acabaría encontrando sería una rata enorme de unos setenta y cinco kilos, quizás, ya alguno menos. Pero nada de eso ocurrió. Alfonso se sentó en una de las sillas, al lado del cuchillo que Mayte había agarrado anteriormente, y le pidió que se sentase junto a él.
—Mamá… no sé cómo decirte esto, la verdad… Me da un poco de vergüenza.
—Suéltalo, hijo. ¡Cómo te va a dar vergüenza hablar con tu madre! Somos uña y carne y nunca nos hemos ocultado nada.
Mayte casi se atraganta con su propia mentira.
—¿Por qué has venido aquí? Esta casa está casi en la ruina… —Alfonso echó un ligero vistazo al techo. Hacía años que no pisaba aquel lugar y no lo recordaba tan desastroso. Las chapas y las vigas, que cubrían el tejado, hacía tiempo que deberían haberse jubilado.
—Me apetecía escapar de la ciudad. Además, no estoy muy lejos del trabajo. El campo siempre me ha dado una energía revitalizante, desde niña. Lo echaba de menos y era como si este lugar me llamara. Desde que tu abuelo volvió a Galicia, esta casa ha estado prácticamente abandonada. Antes, veníamos los fines de semana. Pero, desde que empezaste con Beca… —Mayte no se molestó en ocultar su cara de asco—. Llámame nostálgica si quieres.
—Ahora que ya no estoy con esa loca, podemos venir más. Juntos la arreglaremos. Además, Nerea seguro que nos puede echar una mano.
Mayte le acarició la cara con orgullo. Daba gracias del hijo tan bueno que había criado ella sola. Aunque estaba lejos de estar tranquila. Alfonso seguía de espaldas a la puerta verde y necesitaba alejarlo de allí como fuera, incluso sacarlo de la casa. El peligro la estaba devorando por dentro.
—He pensado en reformarla poco a poco. Tu abuelo me mataría si la viera así, aunque no creo que vuelva por aquí. Está ya tan mayor el pobre…
Mayte apartó a Alfonso de la puerta y lo llevó al otro extremo de la casa.
—Deberíamos cambiar el tejado, pintarla entera y cambiar algunos muebles, la mayoría, en realidad.
Mayte no paraba de pasear por la casa. Hasta comenzó a contagiarse de aquella ilusión falsa que estaba creando para despistar a su hijo, para llevarle en la dirección opuesta a la verdad, a su secreto. No paró de hablar hasta que Alfonso la paró en seco, cogiéndola del brazo, con cariño.
—Mamá… Para.
Mayte guardó silencio y tragó saliva. Sus ojos conectaron con los de su hijo y no se relajó completamente hasta que vio aparecer una sonrisa pícara en el rostro de Alfonso.
—Quiero que me seas sincera —propuso Alfonso—. ¿Lo harás?
—¿Cuándo te he mentido yo, cariño?
—¿Por qué has venido a vivir a esta casa, de repente? ¿Estás con alguien? ¿Hay un tío en ese dormitorio? —Alfonso señaló con el dedo índice la puerta verde.
—¿Qué?
Mayte volvió a tragar saliva. No sabía de dónde había sacado su hijo esa estúpida idea, pero, quizás, era su salvavidas. En su cabeza planificó rápidamente las opciones, como si se tratase de una mujer con poderes psíquicos. De su respuesta dependía que se crease un gran caos o no. Si confesaba que tenía un amante, tras esa maldita puerta, podían ocurrir dos cosas: que Alfonso se sintiera avergonzado, o algo por el estilo, y saliera de la casa enfadado o que se atreviese a abrirla para ver el rostro del hombre que, supuestamente, se estaba tirando a su madre y estaba manchando la memoria de su padre. Sospechaba que todas las opciones desembarcarían en que su hijo saldría mal de allí.
Mayte eligió seguirle el juego.
—¡Qué listo has sido siempre, hijo mío! —Fingió estar avergonzada y se llevó las manos a la cara.
—No pasa nada, mamá… Es normal que rehagas tu vida. Ya era hora. Yo solo quiero que seas feliz.
Alfonso se acercaba más a la puerta y a Mayte cada vez le costaba más conseguir que el oxígeno entrase en sus pulmones.
—¿No me lo vas a presentar?
—Todavía es pronto —sentenció Mayte, antes de acercarse despacio al oído de Alfonso y susurrar sus próximas palabras—. Aún no sé si es algo serio…
—Pero, ya que estoy aquí, podría conocerle, ¿no?
Alfonso insistía y comenzó a dar pequeños pasos hacia el dormitorio. Mayte estaba tan paralizada que no sabía qué hacer o decir. Se quedaba sin aire.
Alfonso se agachó y agarró el candado del suelo.
—¿Lo tienes encerrado?
—Ha sido… una estupidez… Cuando escuché el coche llegar… me puse nerviosa… Hice la primera tontería que se me ocurrió para que no me descubrieras.
Parte de esas palabras estaban impregnadas en verdad. Ahora, era la mano de Alfonso la que se aproximaba al pomo de la puerta. El tiempo se acababa y, si no encontraba una respuesta clave, Mayte estaría perdida.
—No creo que quieras entrar ahí, hijo. Lo tengo desnudo y atado a la cama. Esperándome.
Alfonso se alejó de la puerta con una mueca llena de asco y una pizca de vergüenza. Por fin, había dado con la clave para conseguir su objetivo. Por ahora, su secreto permanecía a salvo.
—Ya me lo presentarás otro día.
—Me parece una idea estupenda, hijo.
Se despidieron con un largo abrazo. Alfonso se marchaba tranquilo, al descubrir que su madre rehacía, por fin, su vida. Mayte comenzaba a respirar y a soltar la carga que tenía encima de sus hombros. Le había molestado que Nerea metiese las narices donde no debía, pero hubo algo que le gustó. Esa chica era mucho mejor que Beca y veía a Alfonso más feliz que nunca. Había una parte egoísta en su interior que se dio cuenta de algo importante.
«Alfonso estará distraído con esa chica mientras yo me dedico en cuerpo y alma a salvar a su padre. Confío en que pronto volveremos a ser una gran familia».
Cerró la puerta de aquella vieja casa con una sonrisa enfermiza.
Como en la primera parte, el control del ritmo del autor es delicioso. Consigue que entres en el juego sin darte cuenta, te atrapa con sus capítulos cortos, el morbo de las escenas, el suspense, la variedad de puntos narrativos, es muy difícil empezar esta novela y no leerla en 2/3 días. Nunca Podrás Escapar es una novela brillante, capaz de sacarte de cualquier bloqueo lector y con un ritmo único muy propio de novelas negras más famosas. Son historias como estas las que deberían hacer que el público leyese más autores autopublicados.
Josema
Este libro es la segunda parte y lo quería como agua de mayo. Tuve la suerte de que justo terminé el primer libro y la misma semana salió esta maravilla a la venta. El primer libro me dejó con mal cuerpo en las últimas frases porque no me lo esperaba en absoluto, y en este nos explica un poco más y como han llegado los personajes hasta este punto. Mantiene la intriga hasta el final, para ello alterna los capítulos haciendo que cada personaje tenga el suyo. La trama da unos giros, bajo mi punto de vista, bastante buenos e inesperados, siempre quieres seguir leyendo y es imposible no querer más. La verdad es que me ha sabido a poco, necesito ya la tercera parte, porque el libro te deja con una serie de interrogantes importantes.
Rebeca
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